EDUARDO ZAYAS CUATETL.
En un fútbol mexicano acostumbrado a mirar hacia el extranjero para encontrar a sus figuras ofensivas, la irrupción de Armando “La Hormiga” González como líder de goleo no solo resulta refrescante, sino también profundamente incómoda. Refrescante porque devuelve al delantero mexicano al centro de la conversación; incómoda porque obliga a cuestionarnos por qué este fenómeno es tan poco frecuente.
González Alba vive, sin duda, el mejor momento de su carrera por su capacidad para aparecer en el área, su lectura de los espacios y su contundencia frente al arco que lo han colocado en la cima de la tabla de goleadores.
No es un delantero espectacular en el sentido tradicional: no deslumbra con regates imposibles ni con potencia física descomunal, su virtud radica en algo más escaso y, paradójicamente, más valioso: la inteligencia para definir, se ha caracterizado por ser un depredador silencioso, un jugador que entiende el juego desde la anticipación y no desde la reacción.
Su éxito no puede analizarse de forma aislada. La pregunta que surge inevitablemente es: ¿Cuándo fue la última vez que un delantero mexicano dominó la tabla de goleo en un gran momento de forma?
La memoria reciente nos obliga a hacer pausas incómodas, hubo momentos con delanteros como Alan Pulido o Ángel Zaldívar peleando cifras, pero difícilmente acompañados de una narrativa de dominio o consistencia prolongada y más atrás, nombres como Oribe Peralta o Javier “Chicharito” Hernández vivieron picos importantes, aunque en contextos distintos, muchas veces fuera de la Liga MX o sin monopolizar la tabla de goleo local.
Lo que distingue el momento de “La Hormiga” no es solo la cifra de goles, sino la sensación de inevitabilidad: cada jornada parece destinada a sumar y eso, en un futbolista mexicano, se había vuelto raro https://www.youtube.com/watch?v=_KeN4BUrxl0&t=1s.
La Liga MX ha sido, durante años, territorio fértil para delanteros extranjeros que absorben protagonismo, minutos y responsabilidad ofensiva y en ese contexto, el crecimiento de González Alba no solo habla de su talento individual, sino también de una anomalía dentro del sistema.
Aquí es donde la crítica se vuelve necesaria. ¿Estamos frente a un verdadero renacimiento del delantero mexicano o simplemente ante un caso excepcional? La historia reciente sugiere lo segundo, el problema de fondo no es la falta de talento, sino la falta de continuidad en los procesos de formación y confianza.
Muchos delanteros nacionales desaparecen antes de consolidarse, víctimas de decisiones cortoplacistas o de la urgencia de resultados que privilegia fichajes inmediatos sobre desarrollo interno.
“La Hormiga”, en ese sentido, rompe con la inercia, pero también la expone. Su éxito deja al descubierto que el talento siempre ha estado ahí, esperando condiciones adecuadas para explotar. La pregunta entonces no es si es lo suficientemente bueno, sino por qué no hay cinco más como él compitiendo en el mismo nivel https://www.youtube.com/watch?v=zitBYstpCUk.
Otro punto crítico es el contexto táctico. González ha encontrado un sistema que potencia sus virtudes: compañeros que lo abastecen, un esquema que prioriza su presencia en el área y una confianza institucional que le permite fallar sin desaparecer. Este último elemento es clave.

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Aun así, no todo debe leerse desde el escepticismo. El momento de Armando González también representa una oportunidad, no solo para él, sino para el discurso del fútbol nacional. Su rendimiento puede reabrir el debate sobre la importancia de apostar por el jugador local en posiciones clave y puede incluso influir en selecciones nacionales que históricamente han sufrido para encontrar un “9” confiable en momentos decisivos.
Pero el riesgo es claro: convertirlo en símbolo antes de tiempo, el fútbol mexicano tiene una larga tradición de inflar figuras en rachas positivas para después abandonarlas en cuanto el rendimiento cae.
Si “La Hormiga” va a consolidarse como algo más que una buena temporada, necesitará sostener su nivel, adaptarse a ajustes rivales y, sobre todo, resistir la narrativa que lo empuja a ser salvador.
En última instancia, su liderato de goleo no debería verse como una meta, sino como un punto de partida. Un recordatorio de lo que el delantero mexicano puede ser cuando las condiciones se alinean y también, inevitablemente, como una crítica implícita a un sistema que ha normalizado la ausencia de sus propios goleadores.
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